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Visibilizar lo invisible

En días recientes el colectivo feminista féminas, en colaboración con el Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadores del Hogar, Baja California (SINACTRAHO) realizaron un conversatorio titulado “ni chachas ni muchachas, trabajadoras del hogar”.

Las activistas Diana Carmona y Silvia Ramírez, quienes impartieron la plática, compartieron una anécdota que se me quedó muy grabada. Resulta que Silvia tiene una amiga que laboró por más de 35 años en la misma casa y a sus 50 años de edad fue despedida de forma injustificada. Tiempo después asistió a uno de los talleres que sinactraho organiza con la finalidad de que las trabajadoras del hogar conozcan sus derechos. Ahí se dio cuenta que tenía derecho a la indemnización y jubilación por sus años de antigüedad así que intentó solicitar ambas cosas. La familia en la que trabajaba le dijo que no le pagaría ni un peso más y que ni intentara seguir insistiendo pues uno de los hijos era abogado. En este momento Sinactraho la está acompañanado para ofrecerle la petición y denuncia sobre su caso.

¿Cuántos casos como el de esta mujer se presentan en nuestro país?, es imposible acceder a la cifra pues la situación de las trabajadoras del hogar ha sido un tema invisibilizado de forma sistemática. El Estado no habla de ello, la sociedad voltea hacia a otro lado e incluso la mayoría de quienes realizan esta labor, no son  autoconscientes  de la magnitud de su situación.

Según datos oficiales, en México hay 2.4 millones de trabajadoras del hogar donde más del 90% son mujeres. Este empleo representa más del 22.6% del PIB nacional y es la actividad más feminizada del país.

No es coincidencia la feminización de la labor. Dentro del sistema patriarcal en el que vivimos, se designan diversos roles tanto a mujeres como a hombres. A lo largo de la historia las mujeres hemos sido rezagas a los espacios privados y hogareños

con la finalidad de realizar todas las actividades necesarias para que los hombres puedan seguir trabajando en los espacios públicos de una forma en la que su única preocupación sea seguir produciendo dentro de un sistema capitalista.

En la actualidad el trabajo del hogar continua siendo invisible porque existe una resistencia por parte de la sociedad y sobre todo del Estado por aceptar que este trabajo es trabajo. Es decir, que no es una actividad “propia” de las mujeres y que  no representa ningún esfuerzo para nosotras porque “es lo que sabemos hacer”.

Los problemas que enfrentan las trabajadoras del hogar no se explican únicamente desde su género. Muchas de ellas son migrantes e indígenas y por esa situación sufren doble o triple discriminación. Nuestro pasado como México colonial y sobre todo el sistema de castas, han dejado fuertes heridas dentro de nuestra sociedad convirtiéndonos en un país sumamente racista y clasista. Desde este enfoque, se ha normalizado el uso de palabras sumamente denigrantes como “sirvientas”, “chachas” e incluso el adjetivo erróneamente promovido por las instituciones “trabajadoras domésticas”. Las trabajadoras del hogar no son propiedad privada, son mujeres sujetas de derechos humanos y por ende, laborales. Merecen un trato justo y todas las prestaciones de la ley.

Es importante que la ciudadanía tome conciencia sobre el grado de discriminación que puede consentir, que sea crítica con las imágenes que los medios de comunicación, publicidad y sobre todo la tele basura como Televisa y TV Azteca nos han presentado sobre quiénes son las trabajadoras del hogar.

Sin embargo, es aún más importante el compromiso del Estado por hacer valer sus derechos humanos. Ciertas políticas públicas, modificaciones legales y mecanismos son indispensables para empezar a eliminar esta discriminación laboral.

Estoy de acuerdo con Marta Lamas cuando dice que el Estado mexicano debe intervenir en múltiples campos tales como en las políticas educativas, fiscales, migratorias, cuidado, formalización del trabajo, dentro del sistema de justicia laboral, formación pública y evidentemente en la regulación laboral. Por desgracia, la legislación actual no garantiza un régimen de derechos laborales respetuoso del derecho a la no discriminación.

En primera instancia, lo primero que México debe hacer es ratificar el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Dicho convenio –equívocamente llamado por los derechos de “las trabajadoras y trabajadores domésticos”–, establece los derechos y principios básicos, y exige a los Estados tomar determinadas medidas con la finalidad de dignificar dicho empleo.

Hasta el momento, la respuesta del Estado mexicano es que la cifra de los y las trabajadoras del hogar es tan grande que representaría un gasto excesivo para el erario público. Pero tal como lo dijo Diana Carmona en su conversatorio, no están viendo que esa mayúscula cifra de 2.4 millones, al estar regulada podrá aportar aún más a la economía del país, mejorará el nivel educativo interno al acceder a servicios de salud y guardería  y sobre todo a mejorar la imagen del país en el sistema internacional sobre su compromiso por hacer valer los derechos humanos.

Otros países de América Latina con incluso economías más pequeñas que la de México como Chile, Colombia, Costa Rica, Paraguay y Uruguay ya la han ratificado. El  pretexto por parte del Estado mexicano de la cuestión económica me parece inválido. ¿No será entonces que nuestro país se rehúsa a dejar atrás el sistema de castas del siglo XVII?

El trabajo del hogar continúa siendo infravalorado, sin embargo llena de esperanza encontrar movimientos de resistencia y lucha como el de Diana y Silvia, a quienes admiro inmensamente. Urge continuar insistiendo y hacer visible lo que por tanto tiempo ha sido invisibilizado.

 

 

Sobre el autor

Andrea Valenzuela

Andrea Valenzuela, estudiante de Relaciones Internacionales en la UABC. Es directora del taller Ajef femenino Marie Curie y coofundadora de féminas, organización de feminismo latinoamericano. Ha participado en diversos espacios feministas en ponencias, talleres y conferencias.

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